de: 'Diario de Krishnamurti'

17 de gosto
Había sido un día nublado, lluvioso, con viento noroeste, un día opresivo y frío. Estábamos subiendo por el camino que lleva a la cascada que luego se transforma en el ruidoso torren­te; se veía a pocas personas en los caminos, pasaban pocos auto­móviles y el torrente se precipitaba más rápido que nunca. Subíamos por el camino con el viento detrás de nosotros, y el estrecho valle se dilataba y había retazos de sol sobre los pastos verdes y relucientes. Estaban ensanchando la carretera y cuando pasamos nos saludaron con amistosas sonrisas y algunas palabras en italiano. Habían estado trabajando todo el día, cavando y acarreando rocas, de modo que hasta parecía imposible que aún pudieran sonreír. Pero lo hacían. Algo más lejos y en lo alto, bajo un gran cobertizo, una moderna maquinaria aserraba madera, taladrándola y recortando moldes sobre gruesos ta­blones. Y el valle se abría más y más, y a lo lejos había un pueblo y más lejos aún estaba la cascada que surgía del glaciar en la cumbre de la montaña rocosa.
Más que verla, uno sentía la belleza del país, el cansancio de esas personas, el impetuoso torrente y las tranquilas praderas. Detrás de nosotros, cerca del chalet, todo el cielo se hallaba cubierto de densas nubes, y de pronto el sol poniente se posó sobre algunas rocas en lo alto de la montaña. El retazo de luz solar sobre la superficie de esas rocas revelaba una profundidad de belleza y sentimiento que ninguna imagen esculpida puede contener. Era como si estuvieran iluminadas desde adentro con una luz propia, serena, que jamás se apaga. Era el fin del día.
Sólo al despertar temprano en la mañana siguiente uno tuvo conciencia del previo esplendor de ese atardecer y del amor que pasó junto a uno. La conciencia no puede contener la in­mensidad de la inocencia; puede recibirla, pero no proseguirla ni cultivarla. La conciencia toda debe estar quieta, sin desear, sin buscar y sin perseguir en modo alguno. Sólo cuando hay quietud en la totalidad de la conciencia, puede surgir eso que no tiene principio ni fin. La meditación es el vaciado de la conciencia, no con el propósito de recibir, sino que es el vaciado de todo esfuerzo por alcanzar algo. Debe haber espacio para el silencio, no el espacio creado por el pensamiento y sus activi­dades sino el espacio que adviene por la negación y la des­trucción, cuando nada ha quedado del pensamiento y sus pro­yecciones. Sólo en el vacío puede haber creación.
Esta mañana temprano, al despertar, la belleza de esa fuerza con su inocencia estaba ahí, profundamente adentro y aflorando a la superficie de la mente. Tenía la cualidad de ser infinita­mente flexible, pero nada podía moldearla; esa belleza no podía ajustarse, conformarse al patrón del hombre. No podía ser atra­pada en símbolos o palabras. Pero estaba ahí, inmensa, intan­gible. Toda meditación parecía trivial y tonta. Sólo eso subsistía y la mente estaba silenciosa.
Algunas voces, durante el día, en raros instantes, esa ben­dición habría de llegar y desaparecer. El desear y el pedir care­cen en absoluto de significación.
El proceso continúa suavemente.
(click en título Libros K)

4 comentarios:

  1. Excelente reflexión!
    La meditación, el silencio de la mente..es el pricipio del encuentro con uno mismo.
    gracias por compartir

    cálido abrazo

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  2. Gracias Paco a ´ti por estar presente,
    con alegría recibo tus mensajes,
    abrazos
    cris

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  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  4. Muchas Gracias Guzman por tu rico aporte!
    Cris

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