LO VIVENCIADO.
EL MAESTRO ESPIRITUAL

Jean Klein,
'La alegría sin objeto'.
Es imposible volver a traer lo vivenciado a la memoria; el «saber ser» no corresponde a la memoria, podemos recordar sólo lo que hemos captado mentalmente, en un momento determinado; esta vivencia, absolutamente no mental, no-dual, es Ser puro. El instructor está más allá de su enseñanza y el conocimiento del Ser, es decir ser conocimiento, es intransmisible, incomunicable. La expresión verbal es sólo un pálido reflejo de lo inexpresable, la beatitud. La enseñanza es sólo un pretexto y las palabras pronunciadas no deben nunca maniatar, para que el que está recibiendo la enseñanza vuelva a encontrar su soledad, el silencio, el último saber que es su verdadera naturaleza. Esto exige un escuchar en una disponibilidad absoluta, de la cual está ausente cualquier anticipación conceptual, porque aprender algo objetivo es siempre parcial. Lo que se enseña no debe dar al que busca ninguna ocasión de fijarse corporalmente o psíquicamente, cualquier enunciación debe apuntar sin rodeos hacia un ser axial, la conciencia unitiva, fuera del tiempo, de donde emana directamente lo que se le está transmitiendo. El instructor desapega al discípulo de su cuerpo, de su mente, para que se vaya disolviendo en su propia esencia; entre ellos reina una unión perfecta. La verdad es conocida en su totalidad, a través de lo que sugiere el «gurú», ya que éste y su enseñanza son una sola cosa. Recuerdos frecuentes, no intencionales aparecerán en el caminar y el aspirante será solicitado por este último equilibrio; lo que se habrá vivenciado a sabiendas en presencia del maestro espiritual se afirmará. La estabilidad en este estado, más adelante, la disolución y la maduración absoluta ya sólo serán cuestión de tiempo.

Si he entendido bien, la enseñanza apunta hacia nuestro Ser no condicionado y provoca frecuentes recuerdos de lo que hemos experimentado. Los elementos verbales no son más que una entrada en materia y se apagarán para dejar persistir el silencio sin objeto, la plenitud.

Exactamente.

¿Qué entiende usted por «escuchar receptivo» en el momento en que el instructor habla de la perspectiva espiritual?
El discípulo debe adherirse totalmente a lo que se le transmite; debe estar libre de cualquier idea preconcebida, de cualquier teoría o creencia, lo que crea una disponibilidad absoluta. Su verdadera naturaleza, en el momento de la ponencia, se hará presentir por la eliminación de lo que no es realmente él.
Está claro que, en cuanto se ha alcanzado el objeto deseado, se instala un estado sin deseo, sin intención, sin yo, sin conocedor ni conocido. Sólo después es cuando el yo se apropia del instante maravilloso y lo traduce bajo la forma de «soy feliz», en una relación sujeto-objeto. En el momento de la experiencia, el yo estaba disuelto, pero ha sido impregnado de un perfume que le permite recordar. La memoria atribuye la fuente de este deslumbramiento al objeto y refuerza, pues, el proceso que nos hace buscar en él la última realidad. Cuando el yo está separado de su origen, la unidad resulta rota y aspira a volver a encontrarla. Recordar un objeto como motivo de un deslumbramiento trae consigo apegarse a él, pero comprender que no es más que un indicador desplaza el énfasis que se le había atribuido. Entonces aparece el despertar íntimo del recuerdo. Este presentimiento de la plenitud, absolutamente sin causa, se apaga al mismo tiempo que la sustancia del yo, y lo absoluto se revela espontáneamente.
Su entorno empieza a partir de su cuerpo, de su vitalidad, y todo lo que se presenta en lo inmediato debe ser aceptado totalmente, esto significa, debe ser visto sin volición, más allá de los opuestos aceptación y no-aceptación. Su condena, su rechazo no le devolverían la libertad, al revés, le oprimirían, le agobiarían. Un escuchar sin elección trae consigo su propia elección, sin alguien que escoge y le deja a usted en una libertad total.

¿Cuál es el principal obstáculo al estado de plenitud?

Ya se lo dije: la noción del yo es el principal obstáculo a la plenitud de todas nuestras virtualidades, no es más que una sustancia imaginaria, construida por el contexto social y que debe su existencia a la memoria.

¿Cómo se puede apagar, disolver, esta noción?

Tenga usted, profundamente anclada en usted, la idea de que cada cosa es distinta de usted, de que está fuera de usted. Igualmente, la sensación, su cuerpo, son objetos entre los demás, que pueden ser mirados como separados de usted. Por una observación atenta, se dará cuenta de que su «ego» pierde poco a poco su opacidad. Luego verá que sus pensamientos, sus emociones, sentimientos de simpatía/antipatía, ellos también no son más que percepciones. Este distanciamiento le llevará a colocarse como último conocedor y su noción del yo va perdiendo lo que queda de sustancia. El entorno, concebido antes como un amontonamiento de cosas, resulta transmutado. El objeto ya no es un objeto, de ahora en adelante es una prolongación, una extensión, una expresión de la conciencia. Es el resultado de un captar instantáneo, total. Esta experiencia es de una naturaleza diferente a la de la asimilación que procede por etapas. (...)

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