LA CURACIÓN DEL SUFRIMIENTO

Esta arenga fue pronunciada en los alrededores del monte Aconcagua y en un lugar conocido como 'Punta de Vacas'. A tres mil metros de altura y con temperaturas inferiores a los 10 grados bajo cero, con los caminos anegados por el hielo y la nieve, se congregó más de medio millar de discípulos y seguidores. Allí, a ciento sesenta kilómetros de Santiago de Chile y Mendoza (Argentina), Silo tenía emplazada su morada de piedra, separada de los curiosos por dos ríos de gran caudal. Al mediodía bajó hasta el gentío congregado y tomando lugar frente a poderosos altoparlantes y entre los banderines naranja agitados por el viento, dijo:

«Si has venido a escuchar a un hombre a quien el entusiasmo de muchos elevó a la condición de hijo de Dios, has equivocado el camino.

Si has venido a escuchar a un hombre de quien se supone se transmite la sabiduría, has equivocado el camino porque la sabiduría no se transmite por medio de libros ni de arengas. La sabiduría está en el fondo de tu conciencia como Dios está en el fondo de tu corazón.

Si has venido a escuchar a quien se supone que transmite el milagro, has equivocado el camino porque lo que tú llamas milagro está escrito en las leyes de la Naturaleza, como está escrito el nacimiento y la muerte de una flor, de un pájaro, de un niño.

Si has venido empujado por los calumniadores y los hipócritas a escuchar a este hombre a fin de que lo que escuchas te sirva luego como argumento en contra de él, has equivocado el camino porque este hombre no está aquí para pedirte nada, ni para usarte, porque no te necesita.

Debes saber a quién escuchas.

Escuchas a un pobre hombre desconocedor de las leyes que rigen el Universo, desconocedor de las leyes de la Historia, ignorante de las relaciones que rigen a los hombres.

Este pobre ignorante se dirige a tu conciencia como lo hacen aquellos que meditan en la altura de las cumbres nevadas, a miles de metros sobre las ciudades y los hombres . . .

Allí en las ciudades, donde cada día es un afán truncado por la muerte, donde al amor sucede el odio, donde al perdón sucede la venganza; allí en las ciudades de los hombres ricos y pobres, allí en los inmensos campos de los hombres se ha posado un manto de sufrimiento y de tristeza.

Sufres cuando el dolor muerde tu cuerpo. Sufres cuando el hambre se apodera de tu cuerpo. Pero no sólo sufres por el dolor inmediato de tu cuerpo, por el hambre de tu cuerpo. Sufres también por las consecuencias de las enfermedades que caen sobre tu cuerpo.

Debes distinguir dos tipos de sufrimientos, aquel sufrimiento que se produce en ti merced a la enfermedad (y ese sufrimiento puede retroceder gracias al avance de la ciencia. Así como la enfermedad, también el hambre puede retroceder, pero gracias al imperio de la justicia).

Hay otro tipo de sufrimiento que no depende de la enfermedad de tu cuerpo sino que deriva de ella.

Si estás impedido, si no puedes ver, o si no oyes, sufres. Pero aunque este sufrimiento derive del cuerpo, tal sufrimiento es de tu mente.

Hay otro tipo de sufrimiento que no puede retroceder frente al avance de la ciencia. Ese tipo de sufrimiento que es un sufrimiento estrictamente de tu mente retrocede frente a la fe, frente a la alegría de vivir, frente al amor.

Debes saber que este sufrimiento está siempre basado en la violencia que hay en tu propia conciencia.

Sufres porque temes perder lo que tienes, o por lo que ya has perdido, o por lo que desesperas de alcanzar. Sufres porque no tienes o porque sientes temor en general...

He ahí los grandes enemigos del hombre: el temor a la enfermedad, el temor a la pobreza, el temor a la muerte, el temor a la soledad. Todos éstos son sufrimientos propios de tu mente. Todos ellos delatan la violencia interna, la violencia que hay en tu mente.

Fíjate que esa violencia siempre deriva del deseo. Cuanto más violento es un hombre, más groseros son sus deseos.

Quisiera proponerte una historia que sucedió hace mucho tiempo:

Existió un viajero que tuvo que hacer una larga travesía. Para tal efecto ató su animal al carro y emprendió la larga marcha hacia un largo destino y con un límite fijo de tiempo.

Al animal lo llamó Necesidad, al carro Deseo, a una rueda la llamó Placer y a la otra Dolor.

Así pues el viajero llevaba su carro a derecha e izquierda, pero siempre hacia su destino. Cuanto más velozmente andaba el carro, más rápidamente se movían las ruedas del placer y del dolor, conectadas como estaban por el mismo eje y transportando como estaban el carro del deseo.

Como el viaje era muy largo, nuestro viajero se aburría. Decidió entonces decorarlo, ornamentarlo con muchas bellezas y así lo fue haciendo.

Pero cuanto más embelleció el carro del deseo más pesado se hizo para la necesidad. De tal manera que en las curvas y en las cuestas empinadas el pobre animal llamado por él Necesidad, desfallecía no pudiendo arrastrar el carro del deseo. En los caminos arenosos las ruedas del placer y del sufrimiento se incrustaban en el piso.

Desesperó un día el viajero porque era muy largo el camino y estaba muy lejos su destino. Decidió entonces meditar esa noche y al hacerlo escuchó el relincho de su viejo amigo. Comprendiendo el mensaje, a la mañana siguiente desbarató la ornamentación del carro, lo alivió de todos sus pesos y esa mañana muy temprano con su animal, comenzó al trote felizmente avanzando hacia su destino.

No obstante había perdido un tiempo que ya era irrecuperable.

A la noche siguiente volvió a meditar y comprendió por un nuevo aviso de su amigo que tenía ahora que acometer una tarea doblemente difícil porque significaba ahora su desprendimiento.

Muy de madrugada sacrificó el carro del deseo.

Es cierto que al hacerlo perdió la rueda del placer, pero con ella perdió también la rueda del sufrimiento.

Montó sobre el animal de la necesidad, sobre sus lomos y comenzó al galope por las verdes praderas hasta llegar a su destino.

Fíjate como el deseo puede arrinconarte.

Pero hay deseos de distintos pesos. Hay deseos más groseros y hay deseos más elevados.

¡Eleva el deseo! ¡Supera el deseo! ¡Purifica el deseo!, que habrás seguramente de sacrificar con eso la rueda del placer, pero también la rueda del sufrimiento.

La violencia en el hombre movida por los deseos no queda solamente como enfermedad en su conciencia, sino que actúa en el mundo de los otros hombres, se ejercita con el resto de la gente.

No creas que hablo de violencia refiriéndome solamente al hecho armado de la guerra, en donde unos hombres destrozan a otros hombres. Esa es una forma de violencia física.

Pero hay una violencia económica. La violencia económica es aquella que te hace explotar a otro. La violencia económica se da cuando robas a otro, cuando ya no eres hermano del otro, sino que eres ave de rapiña para tu hermano.

Hay además una violencia racial.

¿Crees que no ejercitas la violencia cuando persigues a otro que es de una raza diferente a la tuya? ¿Crees que no ejerces violencia cuando lo difamas, por ser de una raza diferente a la tuya?

Hay una violencia religiosa.

¿Crees que no ejercitas violencia cuando no das trabajo o le cierras las puertas o despides a alguien por no ser de tu propia religión? ¿Crees que no es violencia religiosa cercar a aquel que no comulga con tus principios, por medio de la difamación? ¿Cercarlo en su familia? ¿Cercarlo entre su gente querida, porque no comulga con tu religión?

Hay otras formas de violencia, que son las formas impuestas por la moral filistea.

Tú quieres imponer una forma de vida a otros. Tú debes imponer la vocación a otro... ¿pero quién te ha dicho a ti que eres un ejemplo que debe seguirse? ¿Quién te ha dicho que puedes imponer una forma de vida porque a ti te place? ¿Dónde está el molde y dónde está el tipo para que tú lo impongas?... He aquí otra forma de violencia.

Únicamente puedes acabar con la violencia en ti y en los demás y en el mundo que te rodea, por la fe interna y la meditación interna.

No hay falsas puertas para acabar con la violencia.

¡Este mundo está por estallar y no hay forma de acabar con la violencia!

¡No busques falsas puertas!

No hay política que pueda solucionar este afán de violencia enloquecido.

No hay partido ni movimiento en el planeta que pueda acabar con la violencia.

¡No sigas a una religión que te promete un infierno y que no puede acabar con la violencia en tu mente!

No hay falsas salidas para la violencia en el mundo.

...Me dicen que la gente joven en distintas latitudes está buscando falsas puertas para salir de la violencia y del sufrimiento interno. Busca la droga como solución.

No busques falsas puertas para acabar con la violencia.

Hermano mío, cumple con mandatos simples, como son simples estas piedras y esta nieve y este sol que nos bendice.

Sé fiel, no sólo a tu mujer. Fiel a tus ideas y a tus principios aunque te cueste la vida.

No mates, pero ya sabes que se mata con todas esas formas de violencia que hemos mencionado.

No robes, pero sabe que el robar va más allá del simple hecho de despojar al otro.

Lleva la paz en ti y llévala a los demás.

Hermano mío, allá en la historia hay un hombre clavado en la cruz mostrando el rostro del sufrimiento.

Hermano mío, mira esa corona de sufrimiento... pero recuerda que es necesario seguir adelante en la historia y que es necesario aprender a reír y que es necesario aprender a amar.

¡A ti hermano mío te arrojo esta corona, esta corona de alegría, esta corona de amor para que eleves tu corazón y eleves tu espíritu y para que no olvides elevar tu cuerpo!».

Mario Rodriguez Cobos
4 de mayo de 1969.

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