Del Amor
y Otros Ensayos
A.R.Orage

"Te amo," dijo el hombre. "Qué extraño que ello no me haga sentirme mejor," respondió la mujer.
La verdad sobre el amor es aparente en el orden en que la religión ha sido introducida en el mundo. Primero llegó la religión del Poder, luego llegó la religión del Conocimiento y, por último, llegó la religión del Amor. ¿Por qué en este orden? 

Porque el amor sin las cualidades anteriores es peligroso. Pero esto no quiere decir que tal orden haya sido algo más que discreción: puesto que el poder solo, así como el conocimiento solo, son casi tan peligrosos como el amor solo. La perfección exige simultaneidad en vez de sucesión. Este orden no es sino una prueba de que, como la sucesión era imperativa (ya que el hombre está sujeto a la dimensión del Tiempo que es sucesión), era preferible comenzar con los dictadores menos peligrosos y dejar al Amor para el final. Cierto hombre prudente, al sentirse enamorado, se colgó del cuello una campanilla para advertir a las mujeres que era peligroso. Desgraciadamente lo tomaron demasiado en cuenta; y el hombre sufrió las consecuencias.
Hijos e hijas, mientras no tengáis sabiduría y poder equivalentes a vuestro amor, avergonzaos de confesar que estáis enamorados. 0, puesto que no podéis ocultarlo, amad con humildad y estudiad el modo de Ilegar a ser sabios y fuertes. Sea vuestro objeto haceros merecedores de estar enamorados.
Todo amante verdadero es invulnerable a todos menos a su amada. Así ocurre no por deseo o esfuerzo, sino únicamente por el hecho del verdadero amor, es decir, del amor íntegro. No hay que superar la tentación: no se percibe. 

La invulnerabilidad es mágica. 
Más aún, ocurre con mayor frecuencia de lo que se supone. Cuando la infidelidad se manifiesta, sacamos la conclusión de que la invulnerabilidad no existe. Pero la "infidelidad" no se debe necesariamente a la tentación, sino posiblemente y bastante a menudo a la indiferencia; sin tentación no hay Caída. 
Los hombres deberían aprender a distinguir, en sí mismos y en las mujeres, entre la invulnerabilidad real y la supuesta. Esta última, por muy elocuente que sea, se debe al miedo. Sólo la primera es fruto del amor.
Otro hombre prudente, deseando - tal como lo desean en su corazón todo hombre y toda mujer - la invulnerabilidad en sí mismo y en la mujer que amaba, procedió de la siguiente
manera: probó a muchas mujeres e instó a su amada a que probase a muches hombres.
Después de unos años, quedó convencido de que ya nada podía tentarlo. 

Ella, por su parte, nunca habia tenido nínguna duda de si misma desde el comienzo. Había nacido invulnerable; el hombre, en cambio, tuvo que alcanzar la invulnerabilidad.

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