Entonces le pareció al profeta que una radiosa de fuego le sumergía por entero. Y en el mismo instante, fundióse Arduirzur para compenetrarse con su salvador.
Ahora Arduizur puede alejarse sin separarse de él o diluirse en su esencia sin dejar de ser ella.
De súbito, dirigiendo su mirada a la tierra, vio el profeta a los arios avanzando en luengas caravanas, en tribus o grupos, Arduizur, al frente, los guiaba al Occidente…. ¡Arduizur, convertida en el Alma de la raza blanca!

Más he aquí que durante la tercera noche, en no más profundo de su sueño, oyó una voz inmensa, semejante al retumbar del trueno, que acababa en melodioso murmullo. Luego, se precipito sobre él un huracán de luz con tal violencia, que creyó desprendida su alma de su envoltura. Sentía que la cósmica potestad que le frecuentaba desde su infancia, que le había como acogido en su valle, para transportarle a la cima, que el Invisible y el Innominado iba a manifestarle a su inteligencia por medio del lenguaje con que hablan los dioses a los hombres.
El Señor de los espíritus, el rey de reyes, Ormuz, el verbo solar, se le apareció en forma humana. Revestido de hermosura, potente y luminoso, fulguraba sobre su ígneo trono. Un toro y un león alados soportaban por ambos lados el sitial y un águila majestuosa tendía sus alas bajo su base. A su alrededor resplandecían, formando tres semicírculos siete querubines de alas de oro, siete Elohim de azules alas y siete Arcángeles de alas purpurinas.

De vez en cuando, un relámpago partía de Ormuz, penetrando en sus tres mundos de luz. Entonces todos Ellos relucían como el mismo Ormuz, manifestaban la unidad de Dios.
Y Zoroastro oyó una voz formidable, aunque melodiosa y vasta como el universo, que decía:
-Soy Ahura-Mazda, el que te ha creado y elegido. Ahora escucha mi voz, ¡Oh Zarathustra! El mejor de los hombres. Te hablaré día y noche y te diré la palabra de Vida.
Entonces tuvo una cegadora fulguración de Ormuz con su trino círculo de Arcángeles, de Elohim y de Querubines. El grupo se hizo inmenso llenando toda la amplitud del abismo y ocultando las puntiagudas cimas del Albordj, palideciendo a medida que se alejaba para invadir todo el firmamento. Durante breves instantes, cabrillearon las constelaciones al través de las alas de los Querubines. Luego todo se diluyó en la inmensidad. Pero el eco de la voz de Ahura-Mazda resonaba aún en la montaña como un trueno lejano que al apagarse vibraba como broncíneo escudo. Zoroastro cayó de bruces. Cuando despertó se hallaba de tal manera aniquilado, que se guareció en lo más oscuro de su gruta.
Entonces el águila que anidaba en su cima salió del abismo donde en vano oteó su presa y se posó confiadamente a breves pasos del solitario, como si el ave real de Ormuz reconociera por fin su profeta.
Por el dorso del ave goteaba la lluvia. Alisó con su pico las plumas ásperas. Luego, al reaparecer una nube el astro del día, tendió a secar sus alas y miró fijamente al sol.
A partir de aquel momento, cada día oyó Zoroastro la palabra de Ormuz.


Édouard Schuré
Zoroastro y Buda

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