Caminando a lo largo del sendero que seguía el rápido torrente, con un tiempo fresco y agradable y con mucha gente alrededor, estaba esa bendición tan suave como las hojas, y había en ella una danzarina alegría. Pero más allá y a través de ella estaban esa inmensa, sólida fuerza y ese poder inaccesible. Uno sentía que tras de ello existía una inmensurable, insondable profundidad. Ahí estaba, a cada paso, con apremio y, sin embargo, con infinita «indiferencia». Tal como una presa grande y alta retiene el río formando un vasto lago de muchas millas, así era esta inmensidad.
Pero a cada instante había destrucción; no la destrucción para producir un nuevo cambio el cambio nunca es nuevo sino la destrucción total de lo que ha sido de modo que ya nunca pueda ser. No había violencia en esta destrucción; la violencia existe en el cambio, en la revolución, en la sumisión, en la disciplina, en el control y dominio, pero aquí la violencia en cualquiera de sus formas y de sus diferentes nombres, había cesado totalmente. Esta destrucción es creación.
Pero la creación no es paz. La paz y el conflicto pertenecen al mundo del cambio y del tiempo, al movimiento externo e interno de la existencia, pero esto no era del tiempo ni de ningún movimiento en el espacio. Ello es pura y absoluta destrucción, y sólo entonces lo «nuevo» puede ser.
Al despertar en la mañana esta esencia estaba ahí; debe de haber estado toda la noche, y al desertar parecía llenar la cabeza y el cuerpo entero. Y el proceso continúa suavemente. Uno tiene que hallarse solo y quieto, entonces está ahí.
Mientras uno escribe esa bendición está presente, como la suave brisa entre las hojas.


de 'diario de Krishnamurti'

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